Estirados pero infelices (Parte 2)

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Photo by Bree Bigelow on Unsplash

 

En la primera parte de este artículo planteé que estamos viviendo una gran crisis del ser. Evidencia de esto es la desestabilización de algunos ante la pérdida de sus trabajos que, como consecuencia inmediata, afecta la forma de vida cómoda que llevaban.

Quizás muchos no entendieron por qué si la crisis de la que quería hablar era la económica, me centré en el tema de las apariencias. Sucede que, si no le hubiésemos comprado la falsa idea a los medios y a los “poderosos” de que todo tiene que ser perfecto, no viviríamos de apariencias y mucho menos la gran mayoría del país estuviera en crisis emocional, al punto de querer terminar con sus vidas, por el simple hecho de que ahora hay que hacer ajustes.

La crisis económica, entre otras cosas, viene de querer llevar una vida que no podemos costear. Los salarios que devengamos no nos alcanzan, en ocasiones, para cumplir con nuestras responsabilidades básicas: comida, agua, luz, medicamentos… Sin embargo, todos estamos conscientes de que, a pesar de eso, los centros comerciales no se vacían.

Hay muchos que han olvidado que para disfrutar de una buena economía hay que establecer prioridades. Por eso, prefieren hacer un préstamo en una financiera para hacer mejoras estéticas a la casa, pues, según sus estándares, la suya no puede verse menos que las demás en la urbanización. Hay casas que parecen showrooms. Cuando las visitas ¡no te dejan sentarte en la sala porque tiene que parecer uno de esos hermosos espacios que presentan en HGTV! Los dueños te dicen amablemente, pero con rostros estrésicos: “esta es la sala, pero pasa por acá, sentémonos mejor en el family”

¿Cuántos dejaron de realizar las tareas del hogar y prefirieron pagar a alguien, con tal de sentirse al nivel de sus compañeros de trabajo? ¿Cuántos abarrotaron los hoteles del país cuando aquel apagón mantuvo a la Isla sin servicio de energía eléctrica porque, simplemente, no podían dormir sin aire acondicionado? ¿Cuántos pasaron esos días en negocios y restaurantes, pues el silencio, la soledad y la oscuridad de sus hogares les abrumaba?

Pudiese mencionar otros ejemplos más que nacen de experiencias vividas y de lo que observo a diario. Sin embargo, el fin de este escrito es que reflexiones en dónde te encuentras con relación a este asunto. Es cierto que vivimos una gran crisis económica local y mundial, pero ¿te has preguntado cómo has llegado a tu crisis económica? Enfrentaremos muchas consecuencias por las malas decisiones tomadas por el gobierno, pero ¿has examinado las que son producto de tus malas decisiones?

¿Has caído en la corriente del comprar desmedidamente cosas que no necesitas? Eso es codicia. ¿Ante el bienestar o progreso de otros haces lo que sea para igualarte a ellos, aunque eso conlleve endeudarte? Eso es envidia. ¿No puedes tolerar el que tú o tu familia luzcan muy ordinarios en vez de muy a la moda? Eso es orgullo. ¿Cómo estás manejando estos tiempos difíciles? ¿Has revisado tus prioridades? ¿Realmente le temes a la gran crisis exterior o a la crisis que vives en el interior?“Hay que arroparse hasta donde nos dé la frisa”, decían nuestros viejos. Lo que tenemos o lo que carecemos no definirá nunca quiénes somos en realidad, pero sí la valentía con la que luchamos por las cosas. No le dejemos la mala lección a nuestras generaciones futuras de esta vida superficial y de apariencias en la que se ha sumergido nuestro país. La felicidad no está en lo mucho que puedas tener, en los lujos que te puedas dar… no se trata de cómo luzco en el exterior… Si como resultado del esfuerzo de tu trabajo tienes todo eso, ¡disfrútalo! Pero el día que no lo tengas, ¡disfruta igual de la vida! Podremos no tener nada, materialmente hablando, y vivir inmensamente felices, si descubrimos que la verdadera riqueza es la que se cultiva y trabaja en el interior del ser. Si hacemos eso, podrá temblar todo un país y seremos capaces de mantenernos firmes y con la frente en alto, porque nuestra confianza está puesta en Dios.

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